La perrilla. Poesia de José Manuel Marroquín

Hermosa poesía de José Manuel Marroquín, nacido en Bogotá  (1827-1908), fue vicepresidente de la república de Colombia, en su gobierno la educación se dividió en lo que hoy conocemos como lo escolar y lo universitario.  También ocupó la presidencia de Colombia  entre 1900 y 1904.
Sin embargo se destacó como docente y en su creación literaria, escribió varias novelas como El Moro, también su poesía fue fascinante para el público.
Tengo el gusto de compartir una de sus poesías llamada La perrilla. Me trae lindos recuerdos de mi época colegial. En ese entonces  en la clase de Castellano, el profesor Garcia, nos mandó aprender de memoria todas las estrofas. El nos decía que así aprenderíamos palabras nuevas. Todas las niñas del curso debíamos pasar una por una a recitar de acuerdo a la retentiva de cada alumna, si nos equivocábamos, el profesor decía: “siéntese niña y siga memorizando”. Personalmente los versos que me han impactado son: “No era una perra sarnosa, era una sarna perrosa y en figura de animal”.  No se pierdan la lectura de la poesía, es un verdadero banquete intelectual.

La Perrilla

Es flaca sobremanera
toda humana previsión,
pues en más de una ocasión
sale lo que no se espera.

Salió al campo una mañana
un experto cazador,
el más hábil y el mejor
alumno que tuvo Diana.

Seguíale gran cuadrilla
de ejercitados monteros,
de ojeadores, ballesteros
y de mozos de traílla.

Van todos apercibidos
con las armas necesarias,
y llevan de castas varias
perros diestros y atrevidos,

caballos de noble raza,
cornetas de monte, en fin,
cuanto exige Moratin
en su poema La Caza.

Levantan pronto una pieza,
un jabalí corpulento,
que huye veloz, rabo al viento,
y rompiendo la maleza.

Todos siguen con gran bulla
tras la cerdosa alimaña;
pero ella se da tal maña
que a todos los aturulla;

y aunque gastan todo el día
en paradas, idas, vueltas,
y carreras y revueltas,
es vana tanta porfía.

Ahora que los lectores
han visto de qué manera
pudo burlarse la fiera
de los tales cazadores,

oigan lo que aconteció,
y aunque es suceso que admira,
no piensen, no, que es mentira,
que lo cuenta quien lo vio,

Al pie de uno de los cerros
que batieron aquel día,
una viejilla vivía,
que oyó ladrar a los perros;

y con gana de saber
en qué paraba la fiesta,
iba subiendo la cuesta
a eso del anochecer.

Con ella iba una perrilla,
mas, sin pasar adelante,
es preciso que un instante
gastemos en describilla:

perra de canes decana
y entre perras protoperra,
era tenida en su tierra
por perra antediluviana;

flaco era el animalejo,
el más flaco de los canes,
era el rastro, eran los manes
de un cuasi-semi-ex-gozquejo;

sarnosa era, digo mal,
no era una perra sarnosa,
era una sarna perrosa,
y en figura de animal;

era, otrosí, derrengada;
la derribaba un resuello;
puede decirse que aquello
no era perra ni era nada.

A ver pues la batahola
la vieja al cerro subía,
de la perra en compañía,
que era lo mismo que ir sola.

Por donde iba, hizo la suerte
que se hubiese el jabalí
escondido, por si así
se libraba de la muerte.

Empero, sintiendo luégo
que por ahí andaba gente,
tuvo por cosa prudente
tomar las de Villadiego.

La vieja entonces, al ver
que escapaba por la loma,
¡sus! dijo por pura broma,
y la perra echó a correr.

Y aquella perra extenuada,
sombra de perra que fue,
de la cual se dijo que
no era perra ni era nada,

aquella perrilla, sí,
cosa es de volverse loco,
no pudo coger tampoco
al maldito jabalí. 

 

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El jardín abandonado

Aunque a todo llegó la primavera,

en ti no ha florecido todavía,

jardín del invierno donde el alma mía

algún remoto florecer espera.

 

Cuando un himno de amor la tierra entera

embriagada de luz… y de alegría

brutal y ajena, aun más que tu sombría

y amarga oscuridad, te desespera…

 

Siento tu soledad, jardín sin rosas

en primavera… Mis melancolías

hurañas y sin sol tú  también sientes…

 

Por eso en estas tardes silenciosas

vengo a ver tus tristezas, que son mías,

soñando en los cristales de tus fuentes.

Francisco Villaespesa.

Poeta español, vivió entre los siglos XIX y XX, su obra es muy amplia.

En esta hermosa poesía vemos como podemos vivir la primavera a través de otra persona a quien  seguramente  amamos sin medida, sin embargo estamos desolados por la tristeza que acompaña a ese ser.

 

 

Canción de la Vida Profunda

Hermosa poesía del Porfirio Barba Jacob.
Recuerdo mis épocas escolares, debí aprenderla y simplemente recitarla delante de todas mis compañeras en los primeros años de bachillerato. Rememoro con alegría y nostalgia como todas las niñas del curso pasábamos con susto a recitar, ya que si se nos olvidada el profesor Garcia decía: Siéntese niña y siga estudiando. El reto que nos planteábamos entre niñas era pasar y no cometer ningún error, la que se equivocaba o peor se le olvidaba, debía llevar un regalo a las otras el siguiente día.
Años después cuando hice mi pregrado en Artes Plásticas en la Universidad de la Sabana en Bogotá; me devuelvo en el tiempo a la clase de perspectiva, la profesora Gracielita en una de las clases hizo un comentario al ver mi trabajo, seguramente haciendo alusión a este hermoso poema, me dijo: “Hay días en que somos tan torcidos tan torcidos.” (le ubicó el acento en la primera o: tórcidos). Recuerdo que me alcanzó a afectar, pero ahora que el tiempo ha pasado me parece una anécdota para compartirla en mi blog. Hice la carrera por el placer de estudiar arte, y la verdad no me interesaba mucho aquello que pudieran pensar los demás de mis trabajos.
Las estrofas del poema son hermosas, Una de éstas: “Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
como las leves briznas al viento y al azar…
Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonría…
La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar…

Siento personalmente el movimiento de la vida, la cual siempre es cambiante, muy bien por la mención al viento y al azar, los dos tan imprevisibles.
Imposible no comentar: “Mas hay también ¡oh Tierra! un día… un día… un día
en que levamos anclas para jamás volver
“. Acá Barba Jacob nos recuerda nuestro final, de manera única.
La que más me gusta: “Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
como en las noches lúgubres el llanto del pinar:
el alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar.

Esto nos ha pasado a todos, hay días en que estamos tan tristes que ni Dios mismo nos puede consolar…

Sin mas preámbulo dejo el texto completo, para disfrutarlo.

Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
como las leves briznas al viento y al azar…
Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonría…
La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar…

Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,
como en Abril el campo, que tiembla de pasión;
bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,
el alma está brotando florestas de ilusión.

Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,
como la entraña obscura de obscuro pedernal;
la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas,
en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal.

Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos…
-¡niñez en el crepúsculo! ¡lagunas de zafir!-
que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,
¡y hasta las propias penas! nos hacen sonreír…

Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
que nos depara en vano su carne la mujer;
tras de ceñir un talle y acariciar un seno,
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.

Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
como en las noches lúgubres el llanto del pinar:
el alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar.

Mas hay también ¡oh Tierra! un día… un día… un día
en que levamos anclas para jamás volver;
un día en que discurren vientos ineluctables…
¡Un día en que ya nadie nos puede retener!

Fuente
http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/literatura/apoeta/apoeta124.htm
Elaboró:
Pilar Cristina Barrera Silva
Comentarios: picriba@hotmail.com